La fiebre amarilla es una enfermedad viral aguda transmitida por la picadura de mosquitos infectados, principalmente del género Aedesy Haemagogus.
El virus que causa la fiebre amarilla pertenece a la familia Flaviviridae. Se transmite cuando un mosquito pica a una persona o animal infectado y luego contagia a otra persona al alimentarse de su sangre. Entre los principales vectores se encuentra el mosquito Aedes aegypti, también conocido por transmitir otras enfermedades como el dengue y el zika.
Los síntomas suelen aparecer entre tres y seis días después de la picadura del mosquito infectado. En una primera fase, la persona puede presentar fiebre alta, dolor de cabeza, dolores musculares —especialmente en la espalda—, escalofríos, náuseas y pérdida del apetito. En muchos casos, los síntomas desaparecen tras algunos días. Sin embargo, aproximadamente el 15 % de los pacientes desarrolla una fase más grave de la enfermedad.
En esta etapa avanzada pueden aparecer complicaciones serias como daño hepático, coloración amarillenta de la piel y los ojos (ictericia), sangrados internos y fallas en órganos vitales. Esta coloración amarilla es precisamente la que da nombre a la enfermedad. En los casos más graves, la fiebre amarilla puede ser mortal.
A lo largo de la historia, la enfermedad ha provocado importantes epidemias en diferentes partes del mundo. Uno de los hitos científicos más relevantes para su control fue el desarrollo de la vacuna por el médico sudafricano Max Theiler, quien recibió el Premio Nobel de Medicina en 1951 por este avance.
Además de la vacunación, las medidas para evitar la proliferación de mosquitos son fundamentales. Entre ellas destacan eliminar recipientes con agua estancada, usar mosquiteros, aplicar repelente y mantener los espacios limpios. Estas acciones ayudan a reducir la presencia de mosquitos transmisores.
Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud trabajan continuamente en campañas de vacunación y vigilancia epidemiológica para evitar brotes y proteger a las poblaciones más vulnerables.
En resumen, aunque la fiebre amarilla es una enfermedad potencialmente grave, también es una de las más prevenibles gracias a la vacunación y al control de los mosquitos transmisores. La información, la prevención y la cooperación internacional siguen siendo claves para reducir su impacto en la salud global.
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